Amanecer oscuro entre montañas oscuras de tanto verde reflejando en cada relámpago la silueta de las nubes negras que truenan después de iluminarse. Tormenta. Tormenta en serio. No chaparrones de la city porteñia. Tormenta que flashea en fuegos de artinaturas, sin los “ficios” que ofician en las grandes ciudades, embobando los rostros aureolados por los colores de diferentes rayos. Lila, amarillo, azul, blanco, verde, naranja,… son los colores. Colores de la wipala (sin h, aun cuando un sabio originario te quiera convencer que es wiphala, que es la correcta pronunciación originaria. Para mí entonces sería uifala, aceptando la escritura occidental como propia. Ya que en el pasado prehispánico los Inkas no la poseían puesto que sabían que era mala por experiencias moches o tiwanakotas. Porque lo que sale de la boca, sale directo del corazón. Sino pregúntenle a Garcilazo de la Vega. Traidor ).
¡Qué loco, no! Lo que te hace escribir la alucinación de la Pacha. Y todo vino por “- la ventana que daba a la pared del almacén de adobe de la casa vecina tomó un tinte gris. Ella alzó los ojos hacia la lluvia que caía a chorros, batiendo los aleros y brillando entre vidrios.” Su rostro iluminaba nuestro asombro ante tal espectáculo desde adentro de su entraña aymara, colla, mapuche, chibcha, etc. de etcéteras.
ADRIAN CAMACHO
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